Una mano tendida

La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. «Es un fantasma», dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar. Jesús les dijo: «Tranquilícense, soy yo; no teman». Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua». «Ven», le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: «Señor, sálvame». En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»(Mt 14,22-33).

Goethe, máximo exponente de la literatura germana, calificaba el relato de nuestro evangelio, a secuela de algunos exegetas racionalistas, como una de las leyendas más hermosas que había leído en su vida. Afirmaba, en una entrevista que le hicieron en 1831, «Se expresa ahí la sublime doctrina de que el ser humano sale vencedor en las empresas más arduas si pone fe y valor, y perece cuando se deja llevar de la más mínima duda». Improvistamente, el Jesús solitario y orante sobre la montaña, aparece como el Señor que domina las aguas y la tempestad. La barca de los discípulos, durante la travesía nocturna del lago, se encuentra en medio de la furia del viento y el mar. Las olas se agigantan y padecen el viento en contra. Parece una noche interminable en la que los seguidores de Jesús luchan con las fuerzas de la naturaleza en medio de la oscuridad y del miedo. Los Santos Padres siempre han visto aquí a la barca como un ícono de la Iglesia y de la vida de cada discípulo del Maestro. El problema no radica en el temporal, sino en el miedo de los que se encuentran dentro de esa barca, porque ese temor es “signo de poca fe” en ese Señor que, aunque no se encuentra en el barco, es el Dios de tierra y mar, de toda la historia que, en sus manos, será siempre “historia de salvación”. El gran empresario norteamericano Henry Ford (1863-1947) dijo en cierta ocasión: “Cuando todo parece estar en tu contra, recuerda que los aviones despegan en contra de viento”. Me parece una frase ingeniosa y certera. Nos estimula a luchar contra la adversidad, porque precisamente en ella podemos encontrar la superación. Las personalidades recias no se forman en tiempos de bonanza, sino en medio de las dificultades que tienen que ir superando. El texto original griego dice que era “la cuarta parte de la noche” cuando Jesús viene a socorrerlos. Es decir, las tres de la mañana, en plena oscuridad y cuando la luz parece lejana. “Jesús fue hacia ellos”. Es una de las mejores definiciones del ser y del actuar del Señor. Cuando el Maestro camina sobre el mar, la reacción de los discípulos es el miedo, subrayado dos veces, ya sea con el verbo “tarassô” (“se asustaron”), o “phobos” (“llenos de temor”), y gritan, expresando así, la desesperación que aprisiona. Se asustaron porque esto les parecía excesivo e imposible. Es que quien está invadido por el miedo, cambia sus propias fantasías por realidades, y la realidad por fantasía. El miedo es la debilidad de la fe (cf. Mt 8,26; 9,22). La fe, en cambio, es el coraje de creer en lo imposible.

Jesús siempre sale en busca de quien se encuentra en dificultad, para ponerse de su lado y destruir sus temores. “Tranquilícense, soy yo, no teman”. Tomás de Kempis decía que “la serenidad no es estar a salvo de la tormenta, sino encontrar la paz en medio de ella”. Es que la serenidad es fortaleza sin ruido. El imperativo “tranquilícense”, se funda en su presencia divina, que cuando se la reconoce, constituye la única posibilidad para salir de la situación de angustia. Sólo dice llanamente: “Soy yo”. Con estas dos palabras está todo dicho, porque sólo hay un hombre que pueda hablar así, de modo tan incondicional y absoluto. Los discípulos deberían saber que quien puede decir esto, tiene que ser él. Pedro duda: “Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua”. Exige la prueba del milagro. Jesús le dijo: “Ven”, pero al ver la violencia del viento tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: “Señor, sálvame”. En cuanto dejó de mirar a Jesús, se fijó más en las dificultades que lo rodeaban y comenzó a naufragar. Para salir a flote hay que descubrir la persona del Señor, que de modo constante nos tiende su mano eficaz y creadora, manteniéndonos de pie, al tiempo que nos reprende como a Pedro: “Hombre de poca fe, porque dudaste?”. Fe no significa no tener humanas dificultades, sino dar sentido sobrenatural a las adversidades. Nuestro Dios, nunca tiene los brazos cruzados, sino las manos siempre extendidas para levantar y salvar.

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