El Sábado Santo es el día del ocultamiento de Dios, como se lee en una antigua homilía: «¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad, porque el Rey duerme. Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción a los infiernos». En el Credo profesamos que Jesucristo «padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos y al tercer día resucitó de entre los muertos».

En nuestro tiempo, especialmente después de atravesar el siglo pasado, la humanidad se ha hecho particularmente sensible al misterio del Sábado Santo. El escondimiento de Dios forma parte de la espiritualidad del hombre contemporáneo, de manera existencial, casi inconsciente, como un vacío en el corazón que ha ido haciéndose cada vez mayor. Al final del siglo XIX, el filósofo alemán Friedrich Nietzsche escribió: «¡Dios ha muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado!».

Esta famosa expresión, si se analiza bien, está tomada casi al pie de la letra de la tradición cristiana; con frecuencia la repetimos en el vía crucis, quizá sin darnos cuenta de lo que decimos. Después de las dos guerras mundiales, de los campos de concentración, de Hiroshima y Nagasaki, nuestra época se ha convertido cada vez más en un Sábado Santo: la oscuridad de este día interpela a todos los que se interrogan sobre la vida; y de manera especial nos interpela a los creyentes.

También nosotros tenemos que afrontar esta oscuridad. Y sin embargo, la muerte del Hijo de Dios, de Jesús de Nazaret, tiene un aspecto opuesto, totalmente positivo, fuente de consuelo y esperanza. Es precisamente así: el misterio más oscuro de la fe es al mismo tiempo el signo más luminoso de una esperanza que no tiene confines.

El Sábado Santo es la «tierra de nadie» entre la muerte y la resurrección, pero en esta «tierra de nadie» ha entrado Uno, el Único que la ha recorrido con los signos de su Pasión por el hombre. En ese «tiempo más allá del tiempo», Jesucristo «descendió a los infiernos». ¿Qué significa esta expresión? Quiere decir que Dios, hecho hombre, llegó hasta el punto de entrar en la soledad máxima y absoluta del hombre, a donde no llega ningún rayo de amor, donde reina el abandono total sin ninguna palabra de consuelo: «los infiernos».

Jesucristo permaneciendo en la muerte, cruzó la puerta de esta soledad última para guiarnos también a nosotros a atravesarla con él. Todos hemos experimentado alguna vez una sensación espantosa de abandono, y lo que más miedo nos da de la muerte es precisamente esto, como cuando de niños, teníamos temor a estar solos en la oscuridad y sólo la presencia de una persona que nos amaba nos podía tranquilizar. Esto es precisamente lo que sucedió en el Sábado Santo: en el reino de la muerte resonó la voz de Dios. Sucedió lo impensable: es decir, el Amor penetró «en los infiernos»; incluso en la oscuridad máxima de la soledad humana más absoluta podemos escuchar una voz que nos llama y encontrar una mano que nos toma para sacarnos afuera. Hoy también acompañamos a la Virgen dolorosa que está junto al sepulcro de su Hijo.

Allí está ella como madre, y esto lo cambia todo. y nos permite pensar, aunque pueda parecer una contradicción, que en la hora de la soledad nunca estaremos solos. Recuerdo que cuando contemplé la Sábana Santa en Turín, ese lienzo que envolvió el cuerpo llagado y muerto de Jesús, pensaba que más que la derrota de la vida y del amor, podía descubrir la victoria de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio. Cada traza de sangre habla de amor y de vida. Allí se puede leer el alfabeto del amor.
Hoy también acompañamos a la Virgen dolorosa que está junto al sepulcro de su Hijo. Allí está ella como madre, y esto lo cambia todo.

A veces he asistido al funeral de algunos jóvenes. Recuerdo el de un muchacho en concreto, en un pueblo del norte de Italia. Seguían al féretro varias mujeres, todas iban vestidas de negro, todas lloraban, parecían todas iguales, pero entre ellas había una distinta, en la que todos los presentes pensaban y a la que todos miraban: era la madre. Ella miraba el ataúd, y sus labios repetían continuamente el nombre del hijo. De María al pie de la cruz y junto al sepulcro no se nos han transmitido gritos ni lamentos. Se nos ha revelado sólo su silencio fecundo, expresión de su fe sin complejos. Es que el silencio guarda sólo para Dios el perfume del sacrificio. Virgen experta en penas, pon en tu corazón materno a cuantos tienen hoy el alma destrozada por la enfermedad o el abatimiento, y con tus manos benditas acaríciales sus llagas para que tu bondad materna sea como el bálsamo que de sentido al dolor y redención al sufrir.