En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: ‘Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará con ustedes. No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes si me verán porque yo vivo y también ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes. El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él‘ (Jn 14, 15-21).

 
El próximo domingo, toda la Iglesia celebrará la solemnidad de la Ascensión del Señor a los cielos. Este domingo nos ayuda a prepararnos personal y comunitariamente a vivir esta bella realidad de nuestra fe. Nos ruega amarlo: ‘Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos‘. El fin del amor es la reciprocidad por la cual uno llega a ser la vida del otro. Amándolo a él, llegamos a ser lo que él es, y podemos amar a los demás con su amor, que es el mismo del Padre. El cristianismo no consiste esencialmente en un número de leyes a cumplir sino de una Persona a imitar. Son dos las grandes alegrías de la vida de amor de una persona: la primera es cuando por primera vez puede decir ‘te amo‘; la segunda aún más grande es cuando puede afirmar: ‘soy amado‘. ‘El infierno, señora, es no amar más‘. Tiene razón el párroco de Ambricourt, cuando en la célebre obra de Bernanos ‘Diario de un cura rural‘, dirige esas palabras a la fría e hipócrita condesa del pueblo. El amor es todo lo contrario a esas tres tristes hermanas de las que hablaba Martin Luther King, ese gran hombre asesinado en Memphis en 1968 a los 39 años. Él decía que la cobardía siempre pregunta: ‘¿es seguro?‘. La oportunidad egoísta interroga: ‘¿Es conveniente?‘. La vanagloria cuestiona: ‘¿Es ventajoso?‘. La verdadera medida de una persona no se ve en los momentos de comodidad o conveniencia, sino en todas las oportunidades en que afronta el riesgo y el desafío. Desgraciadamente, debemos reconocer que el estilo de vida celebrado en la sociedad contemporánea se encuentra en esta trilogía. Elegir el amor, sin embargo, es siempre riesgoso. Es que, como afirmaba el poeta francés Alfred De Musset (1810-1857): ‘todo el que ha amado lleva en sí una cicatriz‘.

 
Jesús vuelve al Padre, pero no nos deja solos ni nos abandona, por eso promete enviarnos el Espíritu Santo. Nos abre el acceso a él y a sus dones. Jesús pide para nosotros, el don definitivo: el que trae consuelo. La palabra griega es ‘Paráclito‘, que aparece sólo en el evangelio de Juan (Jn 14,16.26; 15,26; 16,7; 1 Jn 2,1). Significa ‘ad-vocatus‘ (el llamado junto a): es aquel que asiste y socorre en el proceso. Es el abogado defensor, que se opone al acusador: Satanás. Hemos traducido al Paráclito como ‘aquel que trae consuelo‘, porque ‘con-solar‘ significa estar con uno que se encuentra solo, de modo que no viva más aislado. El Espíritu Consolador es aquel que está ‘con‘ nosotros, ofreciéndonos aquella compañía que vence a nuestra soledad radical. Es donado por el Padre a quien ama al Hijo y observa sus mandamientos. Sus características son descriptas a través de sus acciones: está ‘con‘ nosotros para siempre (v. 16), es ‘el Espíritu de verdad‘, habita ‘junto‘ a nosotros en Jesús; estará ‘en‘ nosotros después de su ida (v.17), y nos enseñará y recordará todo cuanto él ha dicho (v. 26). Con el don del Espíritu no se nos dejará huérfanos. Un huérfano es la persona que carece de aquello que corresponde a su naturaleza: como un hijo privado del padre, un amigo del amigo, una esposa del esposo y viceversa. No es sólo una experiencia de abandono. Es pérdida de identidad, desaparición de aquello que hace que uno no sea lo que deba ser. La Iglesia entera, después de Pascua, tuvo una experiencia viva y fuerte del Espíritu como consolador, defensor, aliado, en las dificultades externas e internas, en las persecuciones, en los procesos, en la vida de cada día. En los Hechos de los Apóstoles leemos: ‘La Iglesia se edificaba y progresaba en el temor del Señor y estaba llena de consolación del Espíritu Santo‘ (9,31).

 
Tendríamos que sacar una conclusión práctica para la vida. ¡Qué hermoso sería que cada uno de nosotros se convirtiera en un paráclito para los demás. Si bien es cierto que el cristiano debe ser ‘alter Christus‘ (otro Cristo), es igualmente cierto que debe ser ‘otro paráclito‘.