A partir de hoy, que iniciamos la Semana Santa, contemplamos el padecimiento de un Dios apasionado. Nos enseña el amor y el dolor, que son el lenguaje universal del hombre. El Domingo de Ramos es la única ocasión, aparte del Viernes Santo, en que se lee el Evangelio de la Pasión de Cristo en el curso de todo el año litúrgico. Como no es posible comentar el largo relato por completo, detengámonos en tres de sus momentos: Getsemaní, el Calvario y la vivencia del centurión.

De Jesús en el Huerto de los Olivos está escrito: «Comenzó a sentir tristeza y angustia. Les dijo: «Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo». ¡Un Jesús irreconocible! Él, que daba órdenes a los vientos y a los mares y le obedecían; que decía a todos que no tuvieran miedo, ahora es presa de la tristeza y la angustia. ¿Cuál es la causa? Se contiene toda en una palabra, el cáliz. «¡Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz!».

El cáliz indica toda la mole de sufrimiento que está a punto de caer sobre Él. Indica sobre todo la medida de la justicia divina que los hombres han colmado con sus pecados y transgresiones. Es «el pecado del mundo» que Él tomó sobre sí y que pesa sobre su corazón como una piedra. El filósofo Pascal dijo: «Cristo está en agonía, en el Huerto de los Olivos, hasta el fin del mundo. No hay que dejarle solo en todo este tiempo».

Agoniza allí donde haya un ser humano que lucha contra la tristeza, el pavor, la angustia, en una situación sin salida como Él aquel día. No podemos hacer nada por el Jesús agonizante de entonces, pero podemos hacer mucho por el Jesús que agoniza hoy. Oímos a diario tragedias que se consuman, a veces en nuestro propio vecindario, sin que nadie se percate de nada. ¡Cuántos Huertos de los Olivos; cuántos Getsemaní en el corazón de nuestras ciudades y pueblos! No dejemos solos a los que están dentro.

Trasladémonos ahora al Calvario. «Clamó Jesús con fuerte voz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?. Dando un fuerte grito, expiró». Estamos a punto de decir casi una blasfemia, pero nos explicaremos enseguida. Jesús en la cruz pasó a ser ateo, el «sin Dios»: «Dios mío, por qué me has abandonado» (Mt 27,46). Hay dos formas de ateísmo. El ateísmo activo, o voluntario, de quien rechaza a Dios, y el ateísmo pasivo, o padecido, de quien es rechazado o se siente rechazado por Dios. En uno y en otro existen los «sin Dios».

El primero es un ateísmo de culpa, el segundo un ateísmo de pena y de expiación. A esta última categoría pertenece el «ateísmo» de la Madre Teresa de Calcuta, quien en sus escritos personales, subraya que vivió la oscuridad de preguntarse dónde estaba Dios. En la cruz Jesús expió anticipadamente todo el ateísmo que existe en el mundo. No sólo el de los ateos declarados, sino también el de los ateos prácticos, aquellos que viven «como si Dios no existiera», relegándole al último lugar en la propia vida.

«Nuestro» ateísmo, porque, en este sentido, todos somos ateos, aunque en diferentes grados: «indiferentes» de Dios. Dios es también hoy un «marginado» de la vida de no pocos. Igualmente aquí hay que decir: «Jesús está en la cruz hasta el fin del mundo». Lo está en todos los inocentes que sufren. Está clavado a la cruz en los enfermos graves. Los clavos que le tienen aún cosido a la cruz son las injusticias que se cometen con los pobres.

En todas las «deposiciones de la cruz» sobresale la figura de José de Arimatea. Representa a cuantos también hoy desafían el régimen o la opinión pública para acercarse a los condenados, a los excluidos, a los enfermos de Sida, y se empeñan en ayudar a alguno de ellos a descender de la cruz. ¡Qué maravilloso ejemplo está ofreciendo al mundo hoy el Papa Francisco! Para alguno de los «crucificados» de este tiempo, el «José de Arimatea» designado y esperado bien podría ser yo, o podrías ser tú.

Por último, hay una proclamación extraordinaria que proviene de un extraño. A la muerte de Jesús, el primer acto de fe es el de un lejano: un centurión pagano que exclama «verdaderamente este era Hijo de Dios». Es que morir de amor es cosa de Dios. Nuestro Dios ha subido a la cruz para estar con nosotros y como nosotros. Estar colgado en la cruz es aquello que Dios, en su amor, manifiesta como solidaridad al hombre que se encuentra viviendo el misterio del dolor. Aprender esta lección es el desafío de esta semana mayor.