Jesús dijo a sus discípulos: «No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Ya conocen el camino del lugar adonde voy». Tomás le dijo: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?». Jesús respondió: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,1-12).

«No se turbe el corazón de ustedes»: así es como inicia el capítulo 14 del evangelista Juan, y que concluye afirmando: «No se turbe el corazón de ustedes ni se acobarden» (14,27). Jesús da por descontado que sus discípulos van a vivir el miedo y experimentar la inquietud. Por eso es que quiere tranquilizarlos, transmitiéndoles valor. Así hizo Moisés, antes de morir, con el pueblo que había liberado de la esclavitud: «Sean fuertes y valerosos. No teman ni se asusten, porque Yahvé, tú Dios, marcha contigo, no te dejará ni te abandonará» (Dt 31,6). Jesús mismo ha vivido la turbación frente al sepulcro de su amigo Lázaro: «Viendo llorar a María y que también lloraban los judíos que la acompañaban, Jesús se conmovió interiormente, y se turbó» (Jn 11,33), e igualmente frente a su propia muerte: «Ahora mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!» (Jn 12,27). También ante la traición de Judas: «Jesús se turbó en su interior y declaró: ‘En verdad les digo que uno de ustedes me entregará'» (Jn 13,21).

La turbación es tiempo de prueba, ocasión de crecimiento en la fe, pero también de tentación para caer en la desconfianza. El corazón de los discípulos, sede de sentimientos opuestos, se está transformando en el corazón de la nueva alianza (Jer 31,31-34; Ez 36,26), capaz de amar como es amado por Dios. Ante la persecución de los egipcios al pueblo de Israel, dijo Moisés a los israelitas: «No teman; estén firmes y verán la salvación que Yahvé les otorgará en este día, pues a los egipcios que ahora ven, no los volverán a ver nunca jamás» (Ex 14,13).

La fe es el más potente ansiolítico, así como la desconfianza es el más poderoso ansiógeno. ¿Por qué los hombres están tan inquietos actualmente? Al formularnos esta pregunta podemos distinguir muchas causas. Están las causas externas, como por ejemplo la situación económico social, pero también las causas psíquicas que le roban la calma al hombre. La competencia en la era de la globalización es cada vez más dura.

El jefe de una empresa no puede sentarse cómodamente en su sillón, sino que permanentemente debe cuidar de no perder participación en el mercado, que sus balances estén correctos y de reaccionar adecuadamente frente a las necesidades de la época. Y éstas varían hoy en día con una velocidad tal, que una empresa no puede reposar en los éxitos del ayer. Debe buscar siempre nuevos caminos para poder subsistir. Actualmente no se busca la perspectiva a largo plazo sino el éxito rápido sin considerar el significado del largo plazo. El éxito a corto plazo se obtiene a cambio de la insatisfacción y a través de su explotación psíquica y física.

Mark Twain (1835-1910), humorista y escritor norteamericano, opinaba que la actividad vertiginosa de nuestro tiempo es la expresión de la indecisión y la falta de orientación: «Al perder de vista su objetivo, duplicaron su esfuerzo». Quien ha perdido el objetivo intenta llenar su vacío interior con una actividad imperiosa. Se siente importante debido a lo mucho que tiene que hacer. Paul Virilio, conocido por sus escritos acerca de la tecnología en relación con la velocidad y el poder, plasmó esta experiencia en palabras: «La velocidad provoca el vacío, y el vacío impulsa la premura». La calma no parece ser algo digno de deseo en estos días sino un castigo. Una causa importante de la inquietud es la desmesura que todo lo domina.

La desmesura se evidencia en la publicidad que nos incita a comprar cada vez más, a probar siempre cosas nuevas. Sólo quien es mesurado puede encontrar la calma. La angustia es hermana de la preocupación.