Minería subterránea: Mitos y leyendas al interior de un socavón

En las profundidades de los yacimientos mineros se han tejido historias que acompañan a generaciones tras generaciones hasta el día de hoy.

 

En los territorios tradicionalmente mineros se cuentan un sinfín de historias que acontecieron en épocas pasadas y nutrieron con experiencias que sirvieron para el progreso actual del sector extractivo de cada país. En esta parte del planeta, especialmente en Perú, Bolivia y la parte norte de Argentina, el mundo de los socavones está lleno de mitos y leyendas que son propios del ámbito de las minas y de los mineros de cada región.

 

En muchas partes de estas zonas, generaciones dedicadas a la minería dan cuenta que estas actividades en las minas subterráneas vienen acompañadas de algunas creencias y supersticiones ancestrales que los trabajadores de las minas guardan hasta nuestros días.

 

En ese sentido, se dice que la cosmovisión minera está marcada por un fuerte sincretismo, donde se les reza a Dios y a la Virgen en la superficie, mientras se le realizan peticiones y ofrendas a entes malignos que existen en las profundidades de los yacimientos, para que estos colmen con la abundancia y buenas leyes de oro, plata y otros metales.

 

Uno de estos seres es conocido como el Tío, llanamente para no referirse al diablo. Antiguos mineros cuentan que es el dueño de las riquezas subterráneas, y para sacar provecho de ellas hay que realizarle ofrendas en un altar donde se coloca su imagen y se le obsequian cigarrillos, alcohol, hojas de coca, serpentinas de colores, entre otros objetos. En el pasado, durante la celebración de la Pachamama incluso se le rendía sacrificios de animales como llamas y corderos.

 

En muchas minas bolivianas se han encontrado altares dedicados al Tío y, curiosamente también, adoratorios católicos consagrados a la Virgen y a algunos santos representativos.

 

Además, la leyenda dice que los curas están prohibidos de ingresar a estas vetas por temor a que se produzcan accidentes causados por la furia del Tío de las minas. De la misma manera, es mejor que las damas no tengan acceso a estos socavones para no poner celosa a la Madre Tierra, mujer del Tío, popularmente conocida como la Vieja, quien desataría su ira, causando derrumbes y escasez de minerales, si su marido se enamorara de alguna visitante.

 

No solo en países de Sudamérica, sino también en algunos de Europa se cuentan relatos de la existencia de criaturas fantásticas como elfos, gnomos o seres pequeños que habitan en el interior de los yacimientos mineros. Estas leyendas se asemejan bastante a las de la mitología andina, donde se da cuenta de un duende, que también vive en las vetas subterráneas, conocido como Muqui o Chinchilico.

 

Una de las regiones donde tomó fuerza la historia del Muqui fue en la sierra central del Perú. Según relatos conocidos en estas zonas mineras, se trata de un ser misterioso que pude ayudar o perjudicar a los mineros, premiándolos con pozos ricos o castigándolos con vetas pobres y trágicos accidentes.

 

El Muqui ha sido visto en diversas oportunidades trabajando o caminando con sus herramientas en el interior de las minas. Se cree que la aparición de este individuo es presagio de accidentes y muertes en la mina.

 

Antiguamente, se decía que el Muqui merodeaba en los yacimientos subterráneos con una pequeña lámpara de carburo, vistiendo un poncho hecho de lana de vicuña. Físicamente, se lo describe como un enano de orejas puntiagudas, sin cuello, con dos cuernos y con pies desiguales que lo hacen caminar toscamente, además tiene una mirada muy profunda.

 

En la actualidad lo han descrito de una forma no tan diferente, aunque ahora aparezca con vestimenta típica de un minero, botas, casco y una linterna a pilas. Su voz es grave y ronca, la cual no concuerda con su estatura. Su nombre varía en algunas regiones; por ejemplo, en Puno lo llaman Anchancho, en Cajamarca lo conocen como Jusshi y en Arequipa es denominado Chinchilico.

 

La mayoría de relatos coinciden en que es posible atraparlo y hacer pactos con él para enriquecerse, o que si a la hora de escapar se le queda alguna pertenencia, esta se convierte en oro al día siguiente. Antiguos mineros refieren que para ahuyentar al Chinchilico o Muqui, hay que azotar un cinturón o correa de pantalón contra él o aventarle un manojo de llaves, ya que este tipo de actos violentos lo espantan.

 

Pero esos no son los únicos casos. En Chile, la Lola y el Alicanto son dos personajes importantes y notorios en las leyendas mineras y que han quedado perennes en el imaginario fantástico del minero chileno. Por otra parte, en el caso de Colombia, el Patetarro ha infundido miedo por generaciones al interior de los yacimientos mineros del norte del país. Según se cuenta, este personaje va dejando como huellas un líquido blanco, que significa una posible desgracia de inundación o desastres naturales.

 

Sean realidad o ficción, estos mitos y leyendas han acompañado a generaciones tras generaciones mineras de las zonas alto andinas del Perú, así como también de Bolivia, el norte de Argentina y de algunas otras partes del mundo. Por eso, debemos siempre ser conscientes, manejar con criterio esta rica fuente de recursos que la naturaleza nos ha servido en bandeja, y respetar las costumbres ancestrales de estos pueblos que acogen, brindan su apoyo y dan su confianza a nuestra próspera industria minera.

Fuente: Tiempo Minero

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