Entendió, como pocos, que el único camino para lograr el progreso minero, era crear un marco jurídico apropiado a las necesidades del momento; conseguir capitales ya que la práctica minera implica, necesariamente, fuertes inversiones de capital; procurarse las herramientas que la ciencia y la tecnología podía ofrecer para hacer los proyectos económicamente viables y a través de la educación, formar los profesionales requeridos para esta actividad. Para ello, entre otras cosas, fomentó la exploración y los estudios técnicos y trajo ingenieros y geólogos con ese fin, ordenó la formación de una colección de muestras de minerales e incentivó la creación de museos mineralógicos en las provincias, creo cátedras de metalurgia, física y químicas anexas a los colegios nacionales, las escuelas de minas en San Juan y Catamarca, la compañía de minas San Juan, fundó el departamento topográfico y la oficina de ingenieros y publicó los resultados de las exploraciones y estudios técnicos llevados a cabo por especialistas y reglamentó la explotación de las canteras mármoles de la Isla Martín García.

El interés de Sarmiento se centró no sólo en los metales, sino también en los minerales no metalíferos, como el carbón de piedra, especialmente por su valor como combustible para el ferrocarril que se extendía muy rápidamente y para poner en funcionamiento una fábrica de cemento y de hierro con la idea de sustituir importaciones y disminuir costos. Por ello, durante su presidencia, impulsó la sanción de la primera ley de fomento carbonífero, la ley 448 del 10 de octubre 1870, y la ley 564, de 1872, destinada a la explotación de hierro.

Riqueza propia

La explotación del carbón como fuente de energía era esencial para ejecutar el proyecto sarmientino de una Argentina industrializada. «Sabed que las minas producen el capital hecho, y el capital emigra en busca de seguridad. Verá San Juan salir millones de sus minas, y pasar por sus puertas sin dejar señales duraderas de su existencia. Preparémonos, por un vasto sistema de educación, a detener aquí el capital, convertido en propiedad y riqueza propia…»