Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, y estando cerradas las puertas del lugar donde los discípulos se encontraban por miedo a los judíos, Jesús vino y se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a ustedes. Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo.

A quienes perdonen los pecados, éstos les son perdonados; a quienes se los retengan, les son retenidos. Tomás, uno de los doce, llamado el Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino. Los otros discípulos le decían: ¡Hemos visto al Señor! Pero él les dijo: Si no veo en sus manos la señal de los clavos, y meto el dedo en el lugar de los clavos, y pongo la mano en su costado, no creeré». Ocho días después, sus discípulos estaban otra vez dentro, y Tomás con ellos.

Y estando las puertas cerradas, Jesús vino y se puso en medio de ellos, y dijo: Paz a ustedes. Luego dijo a Tomás: Acerca aquí tu dedo, y mira mis manos; extiende aquí tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Respondió Tomás y le dijo: ¡Señor mío y Dios mío! Jesús le dijo: Dichosos los que no vieron, y sin embargo creyeron (Jn 20,19-31).

En este domingo de la Divina Misericordia, celebramos el regalo de la Pascua y el don de la paz que brota del corazón reconciliado con Dios y con los hermanos. Ha sido Dios mismo el que nos ha hecho este regalo de la misericordia, «la más grande de las virtudes», dice el Papa Francisco, «ya que a ella pertenece volcarse en otros y, más aún, socorrer sus deficiencias» (Evangelii gaudium, 37). «No hay acciones humanas, por más buenas que sean, que nos hagan merecer un don tan grande. Dios, por pura gracia, nos atrae para unirnos a sí» (n. 112).

En la Carta apostólica «Misericordia et misera», Francisco subraya que la misericordia tiene también el rostro de la consolación: «¿Cuánto dolor puede causar una palabra rencorosa, fruto de la envidia, de los celos y de la rabia. Cuánto sufrimiento provoca la experiencia de la traición, de la violencia y del abandono. Sin embargo, Dios nunca permanece distante cuando se viven estos dramas» (n. 13).

El primer día de la semana es llamado «domingo»; es decir, «el día del Señor». Nos encontramos en el mismo día de la Resurrección. El Resucitado muestra una perfecta identidad con Jesús. Las manos y el costado con los signos de la crucifixión muestran que se trata de la misma persona. Al mismo tiempo se manifiesta una diversidad en el cuerpo en cuanto que Jesús entra con las puertas cerradas.

Las primeras palabras de él son «Paz a ustedes». No se debe entender como un augurio: «la paz esté con ustedes», sino como el don pascual de Jesús a la comunidad: «la paz está con ustedes». Jesús nos dejó este don, no como futuro sino como presente. Si carecemos de él es porque no lo queremos recibir. Los dones de Dios no se imponen sino que se proponen. Él nunca avasalla nuestra libertad. Cuenta con ella para vivir la belleza de la bondad, que en este caso se llama paz y misericordia.

Es que sin perdón no hay paz, y la paz siempre lleva a perdonar. El rencor avinagra el alma, mientras que la mano tendida para ofrecer reconciliación, es bálsamo y ternura que cura heridas y cicatriza el misterio del dolor. Todo enfrentamiento es una vergüenza humana y cristiana. La Madre Teresa de Calcuta decía: «Si no tenemos paz en el mundo, es porque hemos olvidado que nos pertenecemos el uno al otro, que ese hombre, esa mujer, esa criatura, es mi hermano o mi hermana».

San Juan Pablo II dijo que «la paz no se escribe nunca con letras de sangre sino con la inteligencia para buscar los caminos que eviten las guerras y con el corazón para albergar al otro como un huésped de mi amor».

En la homilía del 17 de marzo de 2013, el Papa Francisco decía: «No es fácil encomendarse a la misericordia de Dios, porque eso es un abismo incomprensible. Pero hay que hacerlo. «Ay, padre, si usted conociera mi vida, no me hablaría así». «¿Por qué, qué has hecho?». «¡Ay padre!, las he hecho gordas». «¡Mejor!». «Acude a Jesús. A él le gusta que se le cuenten estas cosas». El se olvida, él tiene una capacidad de olvidar, especial. Se olvida, te besa, te abraza y te dice solamente: «Tampoco yo te condeno.

Anda, y en adelante no peques más» (Jn 8,11). Sólo te da ese consejo. Después de un mes, estamos en las mismas condiciones… Volvamos al Señor. Jesús Resucitado nunca se cansa de perdonar, ¡jamás! Somos nosotros los que nos cansamos de pedirle perdón. Y pidamos la gracia de no cansarnos de pedir perdón, porque él nunca se cansa de perdonar. Pidamos esta gracia».