Cuando falta pasión, las consecuencias pueden ser inesperadas

Cuando falta pasión, las consecuencias pueden ser inesperadas

Invariablemente, a las pocas horas de estremecernos con la noticia de una tragedia, la información que de inmediato empieza a circular nos revela detalles que nos indignan, pero ya no nos sorprenden.

Nos enteramos cosas como que: “No se hicieron los controles, nadie vio nada, se adulteraron permisos, tenía los papeles vencidos, las ruedas lisas, el combustible adulterado, circulaba a gran velocidad pasando controles, el ascensor no se revisaba desde…”, y así.

Asumiendo, con pesar y rabia, que como ilumina Carlos Nino en su obligatorio libro “Un país al margen de la ley” padecemos y ejercitamos la “anomia boba” (esa que nos hace burlar las leyes más elementales sin con eso obtener ninguna ventaja, solo por el hecho de violarlas) si a ese estado constitutivo y peligroso de nuestro ser nacional, le agregamos el desinterés para hacer bien los trabajos elementales (y necesarios), la combinación una trampa.

Durante el día nos cruzamos con gente que desarrolla muchas tareas, oficios y profesiones en el ámbito público y privado. ¿A cuántos percibimos apasionados con lo que hacen? Sea lo que sea, desde limpiar un cordón de una vereda, inspeccionar la cocina de un restaurante, vigilar una esquina o atender una mesa en un bodegón.

Nos vamos a cruzar con más de los que están pendientes de la pantalla del teléfono, desganados, con poco foco en el trabajo (aunque tengan algunos dosis de rutina) los que esperan solo la hora en que termina el turno, y los que se la pasan diciendo que hacen ese trabajo pero están para más, para mucho más.

Más que probablemente nos cruzaremos durante el día con poquísimas excepciones de gente apasionada y dedicada.

Lo que probablemente sea cierto, las historias individuales son infinitas, pero mientras tanto, mientras dura lo que lo ocupa ahora, la atención, el esmero, la mejora, la diferencia positiva, casi no existen. Si el desinterés y en muchos casos la desidia.

Hace unos meses estando de viaje fui a comprar una valija. Opté por ir a una tienda que tiene un piso entero dedicado a la venta de equipaje. Estaba casi vacío y yo deambulando entre las pilas de portatrajes, bolsos y valijas de todos los tamaños, hasta que un señor de unos 50 y pico de años se acercó a asesorarme.

Estuvo no menos de 30 minutos mostrándome, preguntando mis necesidades, hablando de prestaciones, de pesos, de medidas, de materiales. Un conocedor, pero además un apasionado de lo que hacía.

Esa pasión, ese esmero, lo hizo para mí el mejor vendedor de valijas del mundo.

Parecía feliz de hacer ese trabajo. Y dudo que su salario sea distinto en términos relativos, que los nuestros.

Es muy difícil encontrarse con esos esmeros en nuestra sociedad.

No tiene que ver con los ingresos, con los reclamos, con las frustraciones. Tiene más que ver, creo, con la apatía, el desinterés, y una sensación constante de “estoy para otra cosa”.

El problema es que esa actitud se convierte en permanente y abarca a casi todas las tareas necesarias para vivir en sociedad.

Lo realmente complejo es que vale para la limpieza de una vidriera, como para un control en la ruta. Las consecuencias no son para nada las mismas.

Cuando éramos chicos todos queríamos ser maestros, bomberos, policías.

Cuando Crecimos, queríamos ser otra cosa. Se impusieron otros modelos. Los que van en ascensor.

Cualquier atajo, lo que permita pasar rápido del anonimato a la vidriera y una vez allí a los millones. No importa que ese resplandor dure poco. Se acumula y se mide en, por ejemplo, presencias rentadas en los boliches de moda.

Mientras muchos quieren hacer otra cosa, son pocos los que encuentran que lo que les toca hacer, modifica muchas veces de manera positiva la vida de muchos.

Los que pueden vivir de su vocación, los que aman lo que hacen sea lo que sea, los apasionados, son los que marcan la diferencia en la sociedad.

Los que solo cumplen, los que no quieren lo que hacen, los que están pendientes de hacer otra cosa, y otra y otra y no encuentran ni alegría ni satisfacción en lo que les toca, esos también marcan una diferencia, peligrosa y negativa.

Detrás de cada tragedia evitable, de muchas de las peleas de la calle, de las rabias cotidianas, de las frustraciones, están invisibles los desinteresados, a los que nada le importa y nunca se sienten responsables por nada.

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