Los rostros de éstos últimos quedan en la memoria colectiva, y el bronce se encarga de preservar sus nombres bajo el sol de las plazas públicas. Pero así como las caras de los vencidos las vemos una sola vez y a veces nunca, las de los llamados traidores a veces son maquilladas para seguir vagando por las calles sin que nadie los detecte. Y mientras tanto, los unos y los otros, de los distintos partidos políticos, osan y hasta disfrutan, casi siempre con ligereza, hablar de traiciones, de traidores, de ese pecado de codicia de poder, dinero o figuración.

No falta un «opinólogo» de café que juega a imponer la idea de que todo político lleva un Judas muy dentro suyo.

A esta altura, vale la pena recordar al Premio Nobel, Mario Vargas Llosa, que tras su frustrada experiencia como candidato a la presidencia de Perú, llegó a la dura conclusión de que la política puede sacar a flote «lo peor del hombre».

Quizá por todo eso, cuando se cae en la tentación de reflexionar sobre la decadencia de la política en el mundo, (de ese retroceso surgió Donald Trump; ganó el brexit en Reino Unido, y casi cae Francia en la ultraderecha), no hay más remedio que hacerse varias preguntas: ¿Qué político puede gozar del derecho a tildar de traidor a otro sin mirar minuciosamente atrás en su vida? A su vez, la traición en política, ¿no será un «verso» de los que se creen impolutos, de los que se sienten dioses? ¿no será un supuesto de aquellos que honestamente han creído en alguien y no entienden que ese alguien al poner su trasero en la poderosa poltrona necesita ser él para ser? Y, entonces, ¿no existen los traidores en política?

Recuerdo mi participación en una rueda de prensa con Mijail Gorvachov, ya expresidente de la ex URSS, de vacaciones en Lanzarote (Islas Canarias), donde sugirió que Boris Yelstin le había traicionado. ¿Por qué pensó eso? Porque Yelstin, alcohólico e imprevisible, había llegado a sucederle y no hacía lo que él pensaba que había que hacer en la nueva Rusia.

Finalmente, si aceptamos la hipótesis de la traición en política, la pregunta sería ¿quién traiciona a quién?, ¿quién puede sentirse traicionado y al mismo tiempo erigirse en ángel de la lealtad más pura? Igual, más allá de excepciones incorregibles, no será para tanto… ya que «en este mundo traidor/ nada es verdad ni mentira/ todo es según el color del cristal con que se mira», como el famoso poema de Ramón de Campoamor que, precisamente, se conoce como «Ley Campoamor».

En síntesis, lo que enseña la historia, precisamente, es que cada líder que gana, necesita cimentar su poder para poder conducir, o lo que es más delicado aún, para poder gobernar y si lo hace con ética, mejor. Entonces, ¿podremos decir un día que ya no existen los traidores en política? Es probable. De todas maneras, como en «Don Juan», del poeta y dramaturgo español José Zorrilla y Moral, todos los aludidos, no obstante, podrán preguntar: ¿»Dónde está ese bellaco que de mi anda diciendo tal dislate?».

 

Mijail Gorvachov

Por Luís Eduardo Meglioli, Periodista.